A finales de 2018, y según la Encuesta sobre alcohol y drogas en España presentada por el Ministerio de Sanidad, el 34% de los españoles de entre 15 y 64 años fuma cada día. Esta cifra es muy similar a las existentes hace dos décadas y es dos puntos superior a la de la entrada en vigor de la Ley Antitabaco (Ley 42/2010 de 30 de diciembre de 2010), que supuso un endurecimiento de la anterior, Ley 28/2005 de 26 de diciembre de 2005, al prohibir fumar prácticamente en todos los espacios públicos cerrados.

Con estos datos, y más allá de ser un problema de salud pública, se hace necesario su abordaje desde una perspectiva de la prevención laboral, dadas sus graves consecuencias, no solo para los trabajadores, sino también para las empresas.

De los riesgos del fumar y las consecuencias negativas para la salud hay mucho escrito, y no es cuestión de repetir o machacar sobre ello, aunque nunca está de más. Solo por enumerar algunos de los trastornos que produce el humo de tabaco cabe citar a corto plazo: rinitis, conjuntivitis, tos, molestias de garganta, náuseas, dolor de cabeza y empeoramiento de los problemas respiratorios ya existentes; mientras a largo plazo aparecen problemas más graves: principalmente aumento del riesgo de padecer cáncer de pulmón, enfisema y enfermedades cardiovasculares.

En prensa, radio y televisión, hemos podido leer, escuchar y ver apelaciones a la tolerancia frente al consumo de tabaco, así como expresiones de confianza en que el diálogo y la cortesía han de ser suficientes para resolver cualquier conflicto entre fumadores y no fumadores, y máxime si lo llevamos al entorno laboral.

En cuanto al binomio tabaco-entorno laboral, además de los riesgos que el hecho de fumar por sí solo produce para la salud, el tabaco potencia los riesgos laborales, como lo demuestra el hecho de que los trabajadores que fuman presentan un índice de frecuencia de accidentes y enfermedades profesionales mucho más elevado que los que no fuman, amén de los índices de absentismo y bajas laborales que genera.

Es sabido que el hábito de fumar potencia el efecto de ciertos contaminantes presentes en el ambiente de trabajo.

El rito que conlleva el acto de fumar también puede ser causa potencial de accidentes, como consecuencia de una distracción al encender un cigarrillo, tener la mano ocupada en sujetarlo, una irritación ocular momentánea provocada por el humo, un acceso de tos, o la disminución de la capacidad de atención debido al descenso del contenido de oxígeno en la sangre que el tabaco ocasiona.

A esto cabría añadir el riesgo de incendio y explosión que supone fumar en lugares donde se utilicen sustancias inflamables.

La prohibición de fumar en los espacios de trabajo se limita a aquellos lugares cerrados y no a los abiertos, a los que se puede tener acceso durante los tiempos de descanso. Esto ha supuesto que el consumo de tabaco haya quedado al margen de la prevención, lo que lleva, en ocasiones, a una falta de protocolos, de información y de medidas higiénicas.

Esta situación de olvido ha ocasionado entre otras cosas que las sustancias químicas del tabaco, con las que quedan impregnadas las manos, entren en contacto con sustancias propias del entorno laboral, cuya interacción empeora o acelera los síntomas de enfermedades profesionales o comunes. También, se obvia la clara influencia negativa que las consecuencias directas del consumo del tabaco tienen sobre la salud y sobre el desarrollo del propio trabajo.

No podemos dejar de hacer una referencia, aunque sea breve, a los fumadores pasivos. El humo desprendido de los cigarrillos contamina el ambiente de trabajo y es inhalado por los trabajadores no fumadores, que también padecerán los efectos tóxicos del tabaco. En consecuencia, hay que limitar la exposición al humo del tabaco en los puestos de trabajo, de la misma manera que se hace con otros agentes tóxicos.

El problema de salud que plantea la presencia del humo del tabaco en los lugares de trabajo puede ser abordado teniendo en cuenta la necesaria convivencia en el mismo ambiente de trabajo de personas que fuman y personas que no, partiendo tanto de la voluntad de respetar el derecho de la persona que no quiere estar expuesta a este riesgo -el humo de los otros- como del hecho de que fumar es, además de una decisión, una adicción y, por tanto, se requiere un esfuerzo importante para dejarlo.

El lugar de trabajo es un entorno adecuado para promover la salud del trabajador, así como para modificar los riesgos del individuo. Solo hay dos formas de evitar el daño que produce el humo del tabaco: conseguir que los fumadores dejen de fumar y proteger a los no fumadores de la exposición al humo ambiental de tabaco.

La concienciación de los propios trabajadores, junto con los programas desarrollados en las empresas para erradicar el tabaquismo, han de ser las soluciones.

Espacio libre de humos

A finales de 2018, y según la Encuesta sobre alcohol y drogas en España presentada por el Ministerio de Sanidad, el 34% de los españoles de entre 15 y 64 años fuma cada día. Esta cifra es muy similar a las existentes hace dos décadas y es dos puntos superior a la de la entrada en vigor de la Ley Antitabaco (Ley 42/2010 de 30 de diciembre de 2010), que supuso un endurecimiento de la anterior, Ley 28/2005 de 26 de diciembre de 2005, al prohibir fumar prácticamente en todos los espacios públicos cerrados.

Con estos datos, y más allá de ser un problema de salud pública, se hace necesario su abordaje desde una perspectiva de la prevención laboral, dadas sus graves consecuencias, no solo para los trabajadores, sino también para las empresas.

De los riesgos del fumar y las consecuencias negativas para la salud hay mucho escrito, y no es cuestión de repetir o machacar sobre ello, aunque nunca está de más. Solo por enumerar algunos de los trastornos que produce el humo de tabaco cabe citar a corto plazo: rinitis, conjuntivitis, tos, molestias de garganta, náuseas, dolor de cabeza y empeoramiento de los problemas respiratorios ya existentes; mientras a largo plazo aparecen problemas más graves: principalmente aumento del riesgo de padecer cáncer de pulmón, enfisema y enfermedades cardiovasculares.

En prensa, radio y televisión, hemos podido leer, escuchar y ver apelaciones a la tolerancia frente al consumo de tabaco, así como expresiones de confianza en que el diálogo y la cortesía han de ser suficientes para resolver cualquier conflicto entre fumadores y no fumadores, y máxime si lo llevamos al entorno laboral.

En cuanto al binomio tabaco-entorno laboral, además de los riesgos que el hecho de fumar por sí solo produce para la salud, el tabaco potencia los riesgos laborales, como lo demuestra el hecho de que los trabajadores que fuman presentan un índice de frecuencia de accidentes y enfermedades profesionales mucho más elevado que los que no fuman, amén de los índices de absentismo y bajas laborales que genera.

Es sabido que el hábito de fumar potencia el efecto de ciertos contaminantes presentes en el ambiente de trabajo.

El rito que conlleva el acto de fumar también puede ser causa potencial de accidentes, como consecuencia de una distracción al encender un cigarrillo, tener la mano ocupada en sujetarlo, una irritación ocular momentánea provocada por el humo, un acceso de tos, o la disminución de la capacidad de atención debido al descenso del contenido de oxígeno en la sangre que el tabaco ocasiona.

A esto cabría añadir el riesgo de incendio y explosión que supone fumar en lugares donde se utilicen sustancias inflamables.

La prohibición de fumar en los espacios de trabajo se limita a aquellos lugares cerrados y no a los abiertos, a los que se puede tener acceso durante los tiempos de descanso. Esto ha supuesto que el consumo de tabaco haya quedado al margen de la prevención, lo que lleva, en ocasiones, a una falta de protocolos, de información y de medidas higiénicas.

Esta situación de olvido ha ocasionado entre otras cosas que las sustancias químicas del tabaco, con las que quedan impregnadas las manos, entren en contacto con sustancias propias del entorno laboral, cuya interacción empeora o acelera los síntomas de enfermedades profesionales o comunes. También, se obvia la clara influencia negativa que las consecuencias directas del consumo del tabaco tienen sobre la salud y sobre el desarrollo del propio trabajo.

No podemos dejar de hacer una referencia, aunque sea breve, a los fumadores pasivos. El humo desprendido de los cigarrillos contamina el ambiente de trabajo y es inhalado por los trabajadores no fumadores, que también padecerán los efectos tóxicos del tabaco. En consecuencia, hay que limitar la exposición al humo del tabaco en los puestos de trabajo, de la misma manera que se hace con otros agentes tóxicos.

El problema de salud que plantea la presencia del humo del tabaco en los lugares de trabajo puede ser abordado teniendo en cuenta la necesaria convivencia en el mismo ambiente de trabajo de personas que fuman y personas que no, partiendo tanto de la voluntad de respetar el derecho de la persona que no quiere estar expuesta a este riesgo -el humo de los otros- como del hecho de que fumar es, además de una decisión, una adicción y, por tanto, se requiere un esfuerzo importante para dejarlo.

El lugar de trabajo es un entorno adecuado para promover la salud del trabajador, así como para modificar los riesgos del individuo. Solo hay dos formas de evitar el daño que produce el humo del tabaco: conseguir que los fumadores dejen de fumar y proteger a los no fumadores de la exposición al humo ambiental de tabaco.

La concienciación de los propios trabajadores, junto con los programas desarrollados en las empresas para erradicar el tabaquismo, han de ser las soluciones.